=)

miércoles 21 de octubre de 2009

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Fin...

jueves 8 de octubre de 2009

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Sin Titulo, para ti

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Que me llamen tus ojos, que me encuentre tu vida;
para no seguir buscando en caminos desgarrados,
en sueños de otros, en vidas inútiles;
aunque me desangre en tus recuerdos, aunque sufra.
Que no sepas nunca cómo muero de amor.

Sólo pido que la lluvia no te borre de las calles,
aunque brote de mis ojos, aunque duela.
Que me busquen tus manos, que me creas vivo.
Porque debo encontrarte mañana antes de dormir,
antes de creer que duermes conmigo, antes de morir.

Vuelve para convertirme en cenizas, en sueños.
Aunque me lleve el viento, aunque me trague el mar.
Sólo dime cómo no perder la batalla de mis días,
para segur buscando tus manos, para vivir de amor.
Que me llame tu vida, que me encuentren tus ojos.

viernes 2 de octubre de 2009

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viernes 25 de septiembre de 2009

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Entre tú y yo: El viento

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Siempre cuando llega septiembre, todos se vuelven locos y disfrutan, ya sea de las festividades, el clima o las flores que comienzan a aparecer por todos lados; las que por lo menos yo detesto profundamente por esas malditas e interminables alergias que no me dejan ni pensar tranquila.
La verdad es que yo disfruto de algo más simple: el viento.
Todos esperan, sin darse cuenta, que el viento les traiga cosas nuevas, mientras miles de niños y familias se reúnen en cualquier lado para alzar sus volantines al viento; como agradeciendo algo.
Para mí las cosas van más allá, porque cuando tenía ocho años, mi fatal día de septiembre fue un calvario: la caída en la ducha, el porrazo mientras subíamos el cerro y mis manos desgarradas por un tonto que me lanzó de bruces al hilo curado de mi primo. Pese a todo eso, al terminar el día y al haber perdido mi volantín, me sentía feliz porque lo tuve en el aire, libre; lo vi partir a perderse en el cielo, llevándose muchas cosas, y mi fatal día se convirtió en algo simple y bello.
No fue sino muchos años después, que logré comprender el simbolismo de ese día: mi volantín cargó las nubes y las tristezas que no me dejaban en paz. Desde ahí dejó de ser un papel cruzado por dos varillas y se convirtió en una carta dispuesta a volar junto al viento para perder todo lo que me dolía, porque su finalidad era irse, solo y libre.

¡Qué infantil! Pero luego de pensar todo esto mirando el techo, sin buscar tus manos entre las sábanas, decidí hablarte:

– Mi amor, Andrés. ¡Despierta! – Me miró desorientado y extrañado. Lo sé, si hasta a mí me extrañó el cariño con el que le hablé, pese a que llevamos varios días sin amarnos de verdad – ¿hagamos un volantín y salgamos a elevarlo? ¡Anda, no me digas que no!

– ¿Y para qué quieres hacer eso? ¡Estás loca Paula!

– Vamos, no seas aburrido – Le insistí tanto que logré hacer que se levantara, por lo menos.

Juntos buscamos en internet cómo fabricar un volantín, y luego de acaloradas discusiones de cuál era la mejor forma para hacerlo, juntamos los materiales.

Estaba claro que no sería el mejor volantín del mundo; entre papel cortado a medias y unido con trozos de periódico en las partes que el pegamento lo rompió, las varillas que saqué de un macetero que tenemos y el hilo que compramos en el almacén. Al cabo de una hora y media, nos alejamos para observar nuestra obra maestra.

– Esta cosa no va a volar, es una tontería, sólo míralo – exclamó Andrés, con voz seria y cortante.

– No seas tonto, quedó bonito. Me gusta – respondí enérgica, casi enojada.

– Paula, no se trata de si es bonito o no, es cosa de aerodinámica.

– ¿Y desde cuándo eres ingeniero de aeronáutica?

– No se trata de eso. Míralo, ni si quiera es cuadrado.

– Volará, ya verás – tomé el hilo, el volantín y la hoja con las instrucciones de Cómo ser un experto elevando un volantín este 18 de septiembre – ¡Ya vámonos Andrés, tenemos que elevarlo!

– ¿Y adónde vamos?

– Adonde haya viento, obvio, ¿no?

– Como sea. Pareces una niña pequeña – respondió desanimado, mi amado esposo y compañero.

– Lo sé amor, ¿no es genial? – respondí con una sonrisa, para que se molestara más.

Condujimos una hora, buscando el mejor lugar en donde alzar nuestro hermoso volantín; nuestra humilde carta y su pesada carga. Luego de tanto buscar, llegamos a Pirque, una bella mezcla de campo y cordillera. Nos bajamos del automóvil y caminamos por un pequeño sendero hasta una reja con alambrado que nos impedía el paso a una enorme extensión de verde, donde pastaban dos caballos a lo lejos. Comencé a pasarme por la cerca.

– ¿Qué haces ahora? ¡Estás loca, es un recinto privado! – Gritó muy fuerte.

– No seas cobarde, Andrés. No hacemos nada malo, ¡sígueme!

Luego de refunfuñar como una vaca cruzó la cerca y caminamos por los lindos pastos; el día era perfecto, el viento ideal y estaban dadas todas las condiciones, según lo que leí, para tener un vuelo exitoso.
Otra vez discutimos de cómo sería mejor poner el hilo y los tirantes; pero debo reconocer que Andrés, luego de varios intentos, logró hacer un trabajo increíble con el hilo. Planificamos todo como si fuese el lanzamiento de un cohete espacial. Y pese a que él no tenía mayor interés en lo que hacíamos, comenzó a destellar algunos gestos de cariño y alegría. Por mi parte, la finalidad de nuestra empresa era algo tan importante que debía concretarse aunque nos tomara toda la noche.

– Amor, sostén el volantín, lo lanzas cuando sientas el viento necesario y yo lo elevaré. ¿Sí?

– Paula, creo que deberíamos colocarnos mirando hacia allá – sugirió muy preocupado.

– Tienes razón – sonreí mientras él tapaba su cara aludiendo al sol que le molestaba. Aún cuando yo sabía que lo hacía porque le avergonzaba que lo viera sonreír en ese momento.

Nuestro primer intento de vuelo fue un fracaso: Apenas Andrés lo lanzó al aire y yo hice todos los gestos técnicos al pie de la letra. Nuestra aeronave no hiso más que elevarse unos cuatro metros, para luego irse a pique bruscamente hacia mi derecha.
Fue triste, me dolió en el alma; pero lo intentamos por segunda vez. Ahí, al lanzarlo, sucedió lo mismo, pero con una consecuencia catastrófica: se rompió. Al verlo, corrí angustiada a recogerlo; Los daños eran serios, porque al caer, una rama había roto la punta que reforzamos con papel periódico.

– ¡Andrés, mira! Lo arruinamos – le dije al borde del llanto.

– Amor, pero podemos repararlo, trajimos materiales. ¡Iré a buscarlos, espérame! – respondió dulcemente.

Corrió rápidamente por el pasto, para ir en busca del pegamento y el papel. Yo me quedé sentada observándolo; aún disfrutando que me haya dicho amor.

– Acá está, Amor. ¡Podemos arreglarlo!

– Andrés, pareces un niño pequeño – le dije mientras buscaba que me mirara a los ojos.

– ¿Por qué me dices eso? – me miró serio pero dulce, como si estuviese conociéndome de nuevo.

– Sólo digo, te ves lindo.

– Tú también, estás hermosa.

Nos pasamos unos veinte minutos reparando el volantín y luego de eso volvimos a intentarlo. Esta vez, las cosas salieron mejor: nuestro hermoso volantín se alzó unos diez metros en el cielo, pero luego comenzó a caer lentamente, sin que yo pudiese hacer mucho por controlarlo. Releímos las instrucciones y cada detalle de las explicaciones. Ya no discutimos, sólo planeamos juntos.

Nos dispusimos de mejor forma para enfrentar al viento y apenas Andrés lo soltó, corrió a mi espalda para ayudarme a controlarlo. Forcejeamos intensos minutos hasta que logramos juntos hacer que se elevara doce metros, veinte, treinta; y ahí se quedó, suspendido.

– ¡Amor, Andrés! ¡Te dije que volaría! – Le exclamé eufórica mientras él me abrazaba.

Él no dijo nada. Sólo se quedó abrazándome largo rato, mientras yo sentía la felicidad de ver en el aire todo lo que nos dolía de nosotros mismos, todo lo que nos dijimos para alejarnos de nuestras manos, de nuestros besos, del amor.

– Te amo, Paula – susurró a mi oído.

– Te amo, Andrés – le respondí cerrando mis ojos.

Ya se hacía tarde y el cielo pintaba nuestro volantín de un color rojizo hermoso. En ese día, al igual que hace veinte años atrás, nuestro volantín debía cumplir la finalidad para la cual quise construirlo: dejarlo ir. Porque estaba confirmado; nuestra carta, elevada en el cielo, ya estaba cargada con todo lo que debíamos dejar ir. Podíamos estar tranquilos y comenzar de cero, amándonos.
Me di vuelta para mirarlo a los ojos, extendí el brazo con el cual sostenía el pequeño carrete que hicimos improvisadamente con un tarro; y así, rápidamente, el hilo comenzó a salir libremente, arrastrado por el viento.

– ¡Paula, amor! ¡El volantín se irá! – exclamó.

– Lo sé, mi vida.

– ¿Por qué lo dejas ir?

– Porque quiero besarte.

Me miró extrañado, pero se quedó en silencio. Y luego de unos segundos el pequeño carrete dejó de girar, sin hilo.

sábado 19 de septiembre de 2009

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Feliz cumpleaños, compañera de mi vida...


viernes 18 de septiembre de 2009

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Quiero

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Que tus ojos no me rebelen nunca la vida,
Porque quiero perderme en ellos para siempre;
Quiero morir recorriendo tu alma con mis manos,
sin saber donde empiezan los sueños,
sin encontrar nunca el despertar.

Quiero que en cada silencio escuche tu voz
susurrándome tan profundo como el viento,
tan suave como la noche y el mar.
Hazme beber hoy de tu vida, ¡amor!